Identidad como sistema vivo: reflexiones del Dubai Future Forum 2025
La inteligencia artificial está desafiando de forma radical el marco de la propiedad intelectual y, en consecuencia, está impactando directamente sobre la identidad. El desafío va más allá de un tema legal o normativo. La disrupción es más profunda, filosófica y con un gran impacto cultural que amerita una mirada estratégica.
Esa es la idea que se desarrolló en la charla de Future of Intellectual Property, en el marco del Dubai Future Forum 2025, y a la que asistimos por la especial importancia que tiene para EsaCosa como empresa orientada desarrollo de identidades y narrativas de negocio, y a Activo Editorial como plataforma orientada a la publicación de libros.
Hoy la IA puede componer música, escribir textos, replicar estilos, clonar voces e incluso recrear la apariencia de personas que ya no están. Puede replicar. Y lo hace a una velocidad tal que los sistemas tradicionales —entre ellos, el de la propiedad intelectual— no logran encuadrar estos cambios con la misma rapidez.
Cuando lo que somos puede ser replicado, la pregunta ya no es legal, sino existencial.
Por eso, cuando se habla del futuro de la propiedad intelectual, tenemos que preguntarnos primero qué entendemos por identidad en un contexto donde lo que somos puede ser reproducido y difundido. En este sentido, la propiedad intelectual comienza a revelarse menos como un sistema de protección y más como una posible infraestructura para la imaginación.
Desde una mirada estratégica, el interés no está puesto en lo jurídico, sino en los escenarios de futuro que se abren a partir de esta tensión. Lo que realmente está en juego es el desafío de la construcción de identidad.
Identidad, creatividad e imaginación
Partimos, muchas veces sin cuestionarlo, de una premisa implícita: que una identidad “tiene” propiedad intelectual. Quien crea algo —una persona, una organización— es alguien. Y ese alguien tiene una mirada, un pensamiento, un propósito y una forma de decidir.
Pero pensar la identidad como sistema vivo implica dejar de verla como un objeto cerrado —un logo, un discurso, una oferta, una promesa— para entenderla como una infraestructura dinámica, desde la cual se imagina, se crea y se toman decisiones.
No es casual que en estas conversaciones aparezca con fuerza una idea clave: la imaginación como combustible de la economía de la innovación. La imaginación como capacidad estratégica que permite explorar posibilidades, ensayar futuros y tomar decisiones coherentes con quiénes somos qué hacemos y por qué.
Ya hemos abordado la coherencia organizacional de forma abarcativa en un eBook, donde incluso la situamos como la base para el pensamiento estratégico. La coherencia organizacional, el pensamiento estratégico, como el resultado de una identidad clara.
Desde esta perspectiva, la creatividad, la oferta, el estilo, la estrategia, las respuestas a las preguntas existenciales, la historia, el presente y el futuro pasan a ser una expresión de la identidad que las habilita.
Pertenencia, conciencia y poder
Esto nos lleva a una pregunta inevitable: si la creatividad es el motor, ¿a quién le pertenece esa creatividad?
La discusión sobre propiedad intelectual deja entonces de girar en torno a las ideas y se desplaza hacia las personas o al grupo identitario. De ahí surge una afirmación tan simple como potente: la innovación no se posee, se cultiva.
La premisa que se conversó en la charla del DFF, es que cuando la identidad está clara, compartir ownership, aunque suene contradictorio, genera poder en vez de sacar poder.
Pero el verdadero desafío aparece cuando esta lógica se extiende a terrenos más sensibles. Hoy ya es posible:
Almacenar memoria personal y proyectarla en entornos digitales.
Recrear la apariencia, la voz o el estilo de una persona.
Explorar la decodificación de ondas cerebrales y procesos de “lectura mental”.
Hablar de inmortalidad digital y continuidad de la identidad en la nube.
En este contexto, empiezan a aparecer casos interesantes de identidades digitales diseñadas conscientemente. Por ejemplo, el sitio nicomaiztegui.com incorpora un chatbot que busca compartir la forma de pensar y el conocimiento de Nicolás.
Funciona como una interfaz que hace más accesible su pensamiento, lo que demuestra que cuando la identidad está definida con claridad, la tecnología la amplifica.
Pero más allá del impacto tecnológico o del debate ético, hay una alerta clara:
Necesitamos desarrollar conciencia sobre nuestras identidades digitales como extensiones de nuestras identidades reales.
El mayor riesgo no es perder control sobre la identidad, sino no haberla pensado nunca.
Anticipación y diseño identitario
Diseñar una identidad es una acción estratégica. Implica decidir quiénes somos, qué hacemos y por qué, y establecer marcos de sentido que orienten la toma de decisiones en contextos de incertidumbre.
Para eso hace falta, además de contar con un proceso metodológico, desarrollar el pensamiento anticipatorio: explorar futuros posibles, hacernos la pregunta de cómo nos vemos en el futuro, sostener tensiones, entender hacia dónde se mueve el mundo que habitamos.
Tener habilidades de anticipación es lo que nos permite habitar el presente con mayor claridad y acompañar la evolución de una identidad viva.
Quien no diseña conscientemente su identidad termina operando dentro de sistemas diseñados por otros, o viviendo en un estado de confusión permanente, sin dirección ni propósito claro.
La identidad, en última instancia, es la narrativa que encarnamos. Cuando esa narrativa es coherente, no necesitamos tener o poseer para definirnos: alcanza con ser. Y eso es lo que habilita la evolución de la identidad, incluso a través de compartir la propiedad, de cultivarla.
Durante la conversación, Anatola Araba, artista y futurista, menciona la idea de que la innovación no se posee sino que "se cultiva", y habla de un futuro en el que habrá un renacimiento creativo gracias a un marco de propiedad intelectual reimaginado. Y lo compara con un jardín floreciente de invenciones, prototipos e ideas.
Porque las identidades están vivas, cambian, se nutren de otras, se vinculan y se comparten. Reflejan constantemente quiénes están siendo, y quiénes son depende del contexto que habitan. Dependen de un presente en permanente construcción que nos involucra a todos y, al mismo tiempo, no le pertenece a nadie.
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